Defensa del bilingüismo
Domingo 25 de febrero de 2018, 20:07h
Durante años, los nacionalistas han ido construyendo la hegemonía cultural en Cataluña sobre la base de falsos consensos, medias verdades y mentiras completas. Desde el aparato de la Administración autonómica y buena parte de la local hasta las instituciones culturales y educativas, los presupuestos de las políticas nacionalistas como la inmersión lingüística se aceptaban como hechos probados y, peor aún, incuestionables. Las pocas voces que denunciaban la falsedad de estos consensos sufrían el desprecio, el silencio o la asfixia.
Sin embargo, ante la deriva del proceso golpista en Cataluña, el muro que cercaba a los disidentes, a las organizaciones independientes y a los defensores de la unidad nacional se ha ido derrumbando a medida que los separatistas consumaban su plan de ruptura. La voz de esa España silenciada resonaba cada vez más alto y cada vez con mayor claridad. La tibieza en la aplicación del artículo 155 de la Constitución no ha sido óbice para la reacción decidida de los defensores de la unidad de España. Frente al aparato propagandístico de los nacionalistas, está la fuerza de los hechos.
Tomemos el caso de la inmersión lingüística, que sólo es tal para los castellanohablantes, puesto que los catalanohablantes siguen empleando como lengua vehicular de la enseñanza la que hablan en su casa. Ellos no sufren “inmersión” alguna, pero sumergen a otros en un idioma que no es el suyo materno. Cuando Juan Carlos Girauta denunció en el Congreso de los Diputados esta semana el clasismo y la radical injusticia del sistema de inmersión lingüística, estaba desnudando el uso político de la lengua y el adoctrinamiento nacionalista a través de todas las etapas del proceso educativo. El consenso no es sobre la inmersión, sino sobre la pluralidad lingüística.
En efecto, esta misma semana hemos conocido el informe de Convivencia Cívica Catalana titulado “Las mentiras de la inmersión”, que desmonta las consignas que durante tanto tiempo han repetido los nacionalistas. No existe consenso sobre ella en Cataluña. Nunca ha sido respaldada por la Unión Europea. No fomenta la cohesión social ni favorece la integración de los inmigrantes. Muchos niños y jóvenes catalanes terminan con peores conocimientos de español que sus compañeros del resto de España. Como advierte el informe: “En cuanto al nivel ortográfico, sólo un 33% de los alumnos catalanes de ESO son capaces de transcribir un texto básico en castellano con dos o menos faltas de ortografía”. Por supuesto, esto sólo afecta a los aquellos cuyas familias no tienen recursos para enviarlos a determinados centros privados, donde aprenderán español al igual que los del resto de España. Uno no se sorprende de que el ex presidente de la Generalitat José Montilla -natural de Iznájar, Córdoba- enviase a sus hijos al Instituto Alemán.
El catalán es un tesoro que pertenece a todos los catalanes y a todos los demás españoles. Pemán le dedicó en 1970 una columna en ABC titulada “El catalán: un vaso de agua clara” en la que decía: “Todavía son muchos los que escriben preguntando si el catalán son lenguas o dialectos. Creen que ésta es una jerarquía administrativa que se dictamina desde fuera. Se es lengua cuando se tiene alojada con sus palabras una gran literatura. Nadie puede votar contra Curros Enríquez, Rosalía de Castro, Verdaguer, Maragall o Sagarra. Hay pueblos bilingües, eso es todo. Son muchos los catalanes que, aunque hablen perfectamente castellano, piensan en catalán. No vale dar distinto valor al hecho de pensar en una lengua, cuando hay dos, según el enfoque polémico del tema. En Puerto Rico cada día más, es hablado el inglés por personas que piensan en español. Le puede salir el tiro por la culata y herir la Hispanidad al que no valore en el pleito catalán lo que es ser la lengua del pensamiento”. Ya Menéndez Pelayo había dicho del catalán en los juegos florales de 1888 "eixa llengua, rebrot generós del tronc llatí, (que) jeia, no fa mig segle, en trista i vergonyosa postració […] Sols un miracle patent podia salvar la parla catalana de sa ruïna […] I aquest miracle Déu volgué que es complís […]” Cataluña es incomprensible sin el catalán tanto como lo es sin el español o castellano. En realidad, quien no aprehende esta diversidad de España no puede comprenderla en absoluto, pero esta es otra cuestión. Baste señalar que el catalán está secuestrado y que esto nos afecta a todos.
Por eso, este informe de Convivencia Cívica Catalana y, en general, la cuestión lingüística en Cataluña excede los problemas de la gestión política -la famosa casilla en los formularios o la financiación de la enseñanza en español- para entrar de lleno en el corazón del proceso separatista que sufre nuestro país desde hace años. Debemos rescatar la lengua catalana de las manos de quienes la han secuestrado y la han convertido en un instrumento de adoctrinamiento, manipulación y exclusión social. No resto gravedad a los problemas de la gestión, que son importantísimos. Sólo advierto del peligro de quedarnos, como vienen haciendo los sucesivos gobiernos, en políticas de parches, concesiones y ocurrencias en lugar de acometer la cuestión en toda su extensión y profundidad.
En las jornadas posteriores al 1 de octubre y, sobre todo, al 3 de octubre -aquel día inolvidable en que el Rey habló con la claridad y el coraje que exigía el tiempo- esos días, digo, millones de catalanes y del resto de españoles se echaron a la calle para pedir en las dos lenguas la libertad que los nacionalistas vienen coartando desde hace ya demasiado tiempo, la unidad que los separatistas tratan de torpedear con cada paso que dan y el castigo a los culpables de la fractura que hoy vive Cataluña.
Debemos, pues, rescatar el catalán y todo lo que él lleva aparejado -la literatura, la música, las instituciones- de las manos que lo están utilizando para romper la convivencia de la Cataluña que conocí y que amo. Albert Boadella, uno de los grandes intelectuales de la España de nuestros días, escribió en 2007 un libro cuyo título me llenó de tristeza: “Adiós Cataluña. Crónica de amor y de guerra”. Como él, muchos se han marchado de Cataluña y muchos más están pensando hacerlo. En la cuestión de Tabarnia, palpita también esa negativa a sentirse alienado en la propia tierra de uno. Por eso, debemos reaccionar. No podemos permitir que los nacionalistas sigan empleando el sistema educativo -y en particular la lengua- para imponer una agenda separatista, una doctrina política y una división social radicalmente injusta. Debemos defender el bilingüismo.
Sin embargo, ante la deriva del proceso golpista en Cataluña, el muro que cercaba a los disidentes, a las organizaciones independientes y a los defensores de la unidad nacional se ha ido derrumbando a medida que los separatistas consumaban su plan de ruptura. La voz de esa España silenciada resonaba cada vez más alto y cada vez con mayor claridad. La tibieza en la aplicación del artículo 155 de la Constitución no ha sido óbice para la reacción decidida de los defensores de la unidad de España. Frente al aparato propagandístico de los nacionalistas, está la fuerza de los hechos.
Tomemos el caso de la inmersión lingüística, que sólo es tal para los castellanohablantes, puesto que los catalanohablantes siguen empleando como lengua vehicular de la enseñanza la que hablan en su casa. Ellos no sufren “inmersión” alguna, pero sumergen a otros en un idioma que no es el suyo materno. Cuando Juan Carlos Girauta denunció en el Congreso de los Diputados esta semana el clasismo y la radical injusticia del sistema de inmersión lingüística, estaba desnudando el uso político de la lengua y el adoctrinamiento nacionalista a través de todas las etapas del proceso educativo. El consenso no es sobre la inmersión, sino sobre la pluralidad lingüística.
En efecto, esta misma semana hemos conocido el informe de Convivencia Cívica Catalana titulado “Las mentiras de la inmersión”, que desmonta las consignas que durante tanto tiempo han repetido los nacionalistas. No existe consenso sobre ella en Cataluña. Nunca ha sido respaldada por la Unión Europea. No fomenta la cohesión social ni favorece la integración de los inmigrantes. Muchos niños y jóvenes catalanes terminan con peores conocimientos de español que sus compañeros del resto de España. Como advierte el informe: “En cuanto al nivel ortográfico, sólo un 33% de los alumnos catalanes de ESO son capaces de transcribir un texto básico en castellano con dos o menos faltas de ortografía”. Por supuesto, esto sólo afecta a los aquellos cuyas familias no tienen recursos para enviarlos a determinados centros privados, donde aprenderán español al igual que los del resto de España. Uno no se sorprende de que el ex presidente de la Generalitat José Montilla -natural de Iznájar, Córdoba- enviase a sus hijos al Instituto Alemán.
El catalán es un tesoro que pertenece a todos los catalanes y a todos los demás españoles. Pemán le dedicó en 1970 una columna en ABC titulada “El catalán: un vaso de agua clara” en la que decía: “Todavía son muchos los que escriben preguntando si el catalán son lenguas o dialectos. Creen que ésta es una jerarquía administrativa que se dictamina desde fuera. Se es lengua cuando se tiene alojada con sus palabras una gran literatura. Nadie puede votar contra Curros Enríquez, Rosalía de Castro, Verdaguer, Maragall o Sagarra. Hay pueblos bilingües, eso es todo. Son muchos los catalanes que, aunque hablen perfectamente castellano, piensan en catalán. No vale dar distinto valor al hecho de pensar en una lengua, cuando hay dos, según el enfoque polémico del tema. En Puerto Rico cada día más, es hablado el inglés por personas que piensan en español. Le puede salir el tiro por la culata y herir la Hispanidad al que no valore en el pleito catalán lo que es ser la lengua del pensamiento”. Ya Menéndez Pelayo había dicho del catalán en los juegos florales de 1888 "eixa llengua, rebrot generós del tronc llatí, (que) jeia, no fa mig segle, en trista i vergonyosa postració […] Sols un miracle patent podia salvar la parla catalana de sa ruïna […] I aquest miracle Déu volgué que es complís […]” Cataluña es incomprensible sin el catalán tanto como lo es sin el español o castellano. En realidad, quien no aprehende esta diversidad de España no puede comprenderla en absoluto, pero esta es otra cuestión. Baste señalar que el catalán está secuestrado y que esto nos afecta a todos.
Por eso, este informe de Convivencia Cívica Catalana y, en general, la cuestión lingüística en Cataluña excede los problemas de la gestión política -la famosa casilla en los formularios o la financiación de la enseñanza en español- para entrar de lleno en el corazón del proceso separatista que sufre nuestro país desde hace años. Debemos rescatar la lengua catalana de las manos de quienes la han secuestrado y la han convertido en un instrumento de adoctrinamiento, manipulación y exclusión social. No resto gravedad a los problemas de la gestión, que son importantísimos. Sólo advierto del peligro de quedarnos, como vienen haciendo los sucesivos gobiernos, en políticas de parches, concesiones y ocurrencias en lugar de acometer la cuestión en toda su extensión y profundidad.
En las jornadas posteriores al 1 de octubre y, sobre todo, al 3 de octubre -aquel día inolvidable en que el Rey habló con la claridad y el coraje que exigía el tiempo- esos días, digo, millones de catalanes y del resto de españoles se echaron a la calle para pedir en las dos lenguas la libertad que los nacionalistas vienen coartando desde hace ya demasiado tiempo, la unidad que los separatistas tratan de torpedear con cada paso que dan y el castigo a los culpables de la fractura que hoy vive Cataluña.
Debemos, pues, rescatar el catalán y todo lo que él lleva aparejado -la literatura, la música, las instituciones- de las manos que lo están utilizando para romper la convivencia de la Cataluña que conocí y que amo. Albert Boadella, uno de los grandes intelectuales de la España de nuestros días, escribió en 2007 un libro cuyo título me llenó de tristeza: “Adiós Cataluña. Crónica de amor y de guerra”. Como él, muchos se han marchado de Cataluña y muchos más están pensando hacerlo. En la cuestión de Tabarnia, palpita también esa negativa a sentirse alienado en la propia tierra de uno. Por eso, debemos reaccionar. No podemos permitir que los nacionalistas sigan empleando el sistema educativo -y en particular la lengua- para imponer una agenda separatista, una doctrina política y una división social radicalmente injusta. Debemos defender el bilingüismo.

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