El
problema de las Ordenes religiosas
En
realidad, la cuestión apasionante, por el dramatismo interior que encierra, es
la de las Ordenes religiosas; dramatismo natural porque se habla de la Iglesia,
se habla del presupuesto del clero, se habla de roma; son entidades muy lejanas
que no tomas para nosotros forma ni visibilidad humana; pero los frailes, las
Ordenes religiosas, sí.
En
este asunto. Sres. Diputados, hay un drama muy grande, apasionante, insoluble.
Nosotros tenemos, de una parte, la obligación de respetar la libertad de
conciencia, naturalmente, sin exceptuar la libertad de la conciencia cristiana;
pero tenemos también, de otra parte, el deber de poner a salvo la República y
el Estado. Estos dos principios chocan, y de ahí el drama que, como todos los
verdaderos y grandes dramas, no tiene solución. ¿Qué haremos, pues? ¿Vamos a
seguir (claro que no, es un supuesto absurdo), vamos a seguir el sistema
antiguo, que consistía en suprimir uno de los términos del problema, el de la
seguridad e independencia del Estado, y dejar la calle abierta a la muchedumbre
de Ordenes religiosas para que invada la sociedad española? No. Pero yo
pregunto: reacción explicable y natural, el otro término del problema y borrar
todas las obligaciones que tenemos con esta libertad de conciencia? Respondo
resueltamente que no. (Muy bien, muy bien.) Lo que hay que hacer -y es una cosa
difícil, pero las cosas difíciles son las que nos deben estimular-; lo que hay
que hacer es tomar un término superior a los dos principios en contienda, que
para nosotros, laicos, servidores del Estado y políticos gobernantes del Estado
republicano, no puede ser más que el principio de la salud del Estado. (Muy
bien.)
La
salud del Estado, a mi modo de ver, es una cosa hipotética, un supuesto, como
el de la salud personal; la salud del Estado, como la de las personas, consiste
en disponer de la robustez suficiente para poder conllevar los achaques, las
miserias inherentes a nuestra naturaleza. En tal Estado existen corrupciones,
desmanes, desvíos de la buena administración y de la buena justicia: torpezas
de gobierno que, por ser el Estado poderoso, denso y arraigado, no se notan, y
que trasladadas a otro Estado más nuevo, más débil, menos arraigado, acabarían
con él instantáneamente. Por consiguiente, se trata de adaptar el régimen de
salud del Estado a lo que es el Estado español actualmente.
Criterio
para resolver esta cuestión. A mi modesto juicio es el siguiente: tratar
dsigualmente a los desiguales; frente a las Ordenes religiosas no podemos
oponer un principio eterno de justicia, sino un principio de utilidad social y
de defensa de la República, Esto no tiene un rigor matemático ni puede tenerlo;
pero todas las cuestiones de gobierno afortunadamente, no están encajadas en
este rigor, sino que depende de la presteza del entendimiento y de la ligereza
de la mano para administrar la realidad actual. (Muy bien, muy bien.) Tratar
desigualmente a los desiguales, porque no teniendo nosotros un principio eterno
de justicia irrevocable que oponer a las Ordenes religiosas, tenemos que
detenernos en la campaña de reforma de la organización religiosa española allí
donde nuestra intervención quirúrgica fuese dañosa o peligrosa. Pensad, señores
Diputados, que vamos a realizar una operación quirúrgica sobre un enfermo que
no está anestesiado y que en los debates propios de su dolor puede complicar la
operación y hacerla mortal, no sé para quien, pero mortal para alguien. (Muy
bien, muy bien.)
Y
como no tenemos frente a las ordenes religiosas ese principio eterno de
justicia, detrás del cual debiéramos ir como hipnotizados, sin rectificar nunca
nuestra línea de conducta, y como todo queda encomendado a la prudencia, a la
habilidad del gobernante, yo digo: las Ordenes religiosas tenemos que
proscribirlas en razón de su temerosidad para la República ¿El rigor de la ley
debe ser proporcionado a la temerosidad (digámoslo así, yo no sé siquiera si
éste es un vocablo castellano) de cada una de estas Ordenes, una por una? No;
no es menester. Por eso me parece bien la redacción de este dictamen; aquí se
empieza por hablar de una Orden que no se nombra. «Disolución de aquellas
Ordenes en las que, además de los tres votos canónicos, se preste otro especial
de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado.» Estos son los
jesuítas. (Risas.)
Disolución
de las Ordenes
Pero
yo añado a esto una observación, que, lo confieso, no se me ha ocurrido a mí;
me la acaba de sugerir un eminente compañero. Aquí se dice: «Las Ordenes
religiosas se sujetarán a una ley especial ajustada a las siguientes bases.» Es
decir, que la disolución definitiva, irrevocable, contenida en este primer
párrafo, queda pendiente de lo que haga una ley especial mañana; y a mí esto no
me parece bien; creo que esta disolución debe quedar decretada en la
Constitución (Muy bien.), no sólo porque es leal, franco y noble decirlo,
puesto que pensamos hacerlo, sino porque, si no lo hacemos, es posible que no
lo podamos hacer mañana; porque si nosotros dejamos en la Constitución el
encargo al legislador de mañana, que incluso podréis ser vosotros mismos, de
hacer una ley con arreglo a estas normas, fijaos bien lo que significa dejar
pendiente esta espada sobre una institución tan poderosa, que trabajará todo lo
posible para que estas Cortes no puedan legislar más. Por consiguiente, yo
estimo que en la redacción actual del dictamen debiera introducirse una
modificación, según la cual este primer párrafo no fuese suspensivo, pensando
en una ley futura, sino desde ahora terminante y ejecutivo.
Respecto
a las otras Ordenes, yo encuentro en esta redacción del dictamen una amplitud
que pensándolo bien, no puede ser mayor; porque dice: «Disolución de las que en
su actividad constituyan un peligro para la seguridad del Estado.» ¿Y quiénes
son éstas? Todas o ninguna; según quieran las Cortes. De manera que este
párrafo deja a la soberanía de las Cortes la existencia o la destrucción de
todas las Ordenes religiosas que ellas estimen peligrosas para el Estado.
Ahora
bien; en razón de ese principio de prudencia gubernamental, de estilo de
gobernar, yo me digo: ¿es que para mí son lo mismo las monjas que están en
Cebreros, o las bernardas de Talavera, o las clarisas de Sevilla, entretenidas
en bordar acericos y en hacer dulces para los amigos, que los jesuítas? ¿Es que
yo voy a caer en el ridículo de enviar los agentes de la República a que
clausuren los conventos de estas pobres mujeres, para que en torno de ellas se
forme una leyenda de falso martirio, y que la República gaste su prestigio en
una empresa repugnante, que estaría mejor empleado en una operación de mayor
fuste? Yo no puedo aconsejar eso a nadie.
Donde
un Gobierno con autoridad y una Cámara con autoridad me diga que una Orden
religiosa es peligrosa para la República, yo lo acepto y lo firmo sin vacilar;
pero guardémonos de extremar la situación aparentando una persecución que no
está en nuestro ánimo ni en nuestras leyes para acreditar una leyenda que no
puede por menos de perjudicarnos.
Dos
salvedades
Tengo
que hacer aquí dos salvedades muy importantes: una suspensiva y otra
irrevocable y terminante. Sé que voy a disgustar a los liberales. La primera se
refiere a la acción benéfica de las Ordenes religiosas. El señor Ministro de
Justicia -y él me perdonará si tantas veces insisto en aludirle; pero la importancia
de su discurso es tal, que no hay más remedio que referirse a él-, el señor
Ministro de Justicia trazó aquí en el aire una figura aérea de la hermana de la
Caridad, a la que él prestó, indudablemente, las fuentes de su propio corazón.
Yo no quiero hacer aquí el antropófogo y, por lo tanto, me abstengo de refutar
a fondo esta opinión del Sr. De los ríos; pero apele S.S. a los que tienen
experiencia de estas cosas, a los médicos que dirigen hospitales, a las gentes
que visitan las Casas de Beneficencia, y aun a los propios pobres enfermos y
asilados en estos hospitales y establecimientos, y sabrá que debajo de la
aspiración caritativa, que doctrinalmente es irreprochable y admirable, hay,
sobre todo, un vehículo de proselitismo que nosotros no podemos tolerar. (Muy
bien.) Pues qué, ¿no sabemos todos que al pobre enfermo hospitalizado se le
hace objeto de trato preferente según cumple o no los preceptos de la religión
católica? ¿Y esto quién lo hace, sino esta figura ideal, propia para una
tarjeta postal, pero que en la realidad se da pocas veces?
La
otra salvedad terminante, que va a disgustar a los liberales, es ésta: en
ningún momento, bajo ninguna condición, en ningún tiempo, ni mi partido ni yo
en su nombre, suscribiremos una cláusula legislativa en virtud de la cual siga
entregado a las Ordenes religiosas el servicio de la enseñanza. Eso, jamás. Yo
lo siento mucho; pero ésta es la verdadera defensa de la República. La agitción
más o menos clandestina de la Compañía de Jesús o de ésta o de la de más allá,
podrá ser cierta, podrá ser grave, podrá ser en ocasiones risible, pero esta
acción continua de las Ordenes religiosas sobre las conciencias juveniles es
cabalmente el secreto de la situación política por que España transcurre y que
está en nuestra obligación de republicanos, y no de republicanos, de españoles,
impedir a todo trance. (Muy bien.) A mí queno me vengan a decir que esto es
contrario a la libertad, porque esto es una cuestión de salud pública.
¿Permitiríais vosotros, los que, a nombre de liberales, os oponéis a esta
doctrina, permitiríais vosotros que un catedrático en la Universidad explicase
la Astronomía de Aristóteles y que dijese que el cielo se compone de varias
esferas a las cuales están atornilladas las estrellas? ¿Permitiríais que se
propagase en la cátedra de la Universidad española la Medicina del siglo XVI?
No lo permitiríais; a pesar del derecho de enseñanza del catedrático y de su
libertad de conciencia, no se permitiría. Pues yo digo que en el orden de las
ciencias morales y políticas, la obligación de las Ordenes religiosas
católicas, en virtud de su dogma, es enseñar todo lo que es contrario a los
principios en que se funda el Estado moderno. Quien no tenga la experiencia de
estas cosas no puede hablar, y yo, que he comprobado en tantos y tantos
compañeros de mi juventud que se encontraban en la robustez de su vida ante la
tragedia de que se le derrumbaban los principios básicos de su cultura
intelectual y moral, os he dedecir que ése es un drama que yo con mi voto no
consentiré que se reproduzca jamás. (Grandes aplausos.)
Si
resulta, señores Diputados, que de esta redacción del dictamen las Cortes
pueden acordar la disolución de todas las Ordenes religiosas que estime
perjudiciales para el Estado, es sobre la conciencia y la responsabilidad de
las propias Cortes sobre quien recae la mayor o menor extensión de esto que
llamamos el peligro monástico. Sois vosotros los jueces, no el Gobierno ni éste
ni otro. Y yo estimo que si unas institucines, si queda alguna, si las Cortes
acuerdan que queda alguna aquienes se les prohibe adquirir y conservar bienes
inmuebles, si no es aquel en que habitan, a quienes se les prohibe ejercer la
industria y el comercio, a quienes se les ha de prohibir la enseñanza, a
quienes se les ha de limitar la acción benéfica, hasta que puedan ser
sustituídas por otros organismos del Estado, y a quienes se los obliga a dar
anualmente cuenta al Estado de la inversión de sus bienes, si son todavía
peligrosos para la República, será preciso reconocer que ni la República no
nosotros valemos gran cosa. (Risas:)
Planteamiento
del problema político
Y
ahora, señores Diputados, llegamos a la última parte de la cuestión. Ya he
expuesto la posición histórica y política tal como yo la veo; he penetrado en
el problema político tal como yo me lo describo y llegamos a la situación
parlamentaria. Si yo perteneciese a un partido que tuviera en esta Cámara la
mitad más uno de los diputados, la mitad más uno de los votos, en ningún
momento, ni ahora ni desde que se discute la Constitución, habría vacilado en
echar sobre la votación el peso de mi partido para sacar una Constitución hecha
a su imagen y semejanza, porque a esto me autorizaría el sufragio y el rigor
del sistema de mayorías. Pero con una condición: que al día siguiente de
aprobarse la Constitución, con los votos de este partido hipotético, este mismo
partido ocuparía el Poder. (Muy bien.- Aplausos.) Ese partido ocuparía el Poder
para tomar sobre sí la responsabilidad y la gloria de aplicar, desde el
Gobierno, lo que había tenido el lucimiento de votar en las Cortes.
Por
desgracia, no existe este partido hipotético con que yo sueño, ni ningún otro
que esté en condiciones de ejercer aquí la ley rigurosa de las mayorías. Por
tanto, señores Diputados, debiendo ser la Constitución, no obra de mi capricho
personal, ni del de sus señorías, ni de un grupo, tampoco de una transacción en
que se abandonen los principios de cada cual, sino de un texto legislativo que
permita gobernar a todos los partidos que sostienen la República..., yo
sostengo, señores Diputados, que el peso de cada cual en el voto de la
Constitución debe ser correlativo a la responsabilidad en el Gobierno de
mañana. Yo planteo la cuestión con toda claridad: aquí está el voto particular
que sostienen nuestros amigos los socialistas; y yo digo francamente: si el
partido socialista va a a sumir mañana el Poder y me dice que necesita ese
texto para gobernar, yo se lo voto (Muy bien, muy bien. Aplausos.) Porque,
señores Diputados, no es mi partido el que haya de negar ni ahora ni nunca al
partido socialista las condiciones que crea necesarias para gobernar la
República. Pero si esto no es así (yo no entiendo de estas cosas; estoy
discutiendo en hipótesis), veamos la manera de que el texto constitucional, sin
impediros a vosotros gobernar, no se lo impida a los demás que tienen derecho a
gobernar la República española, puesto que la han traído, la gobiernan, la
administran y la defienden. (Muy bien.)
Este
es mi punto de vista, señores Diputados: mejor dicho, este es el punto de vista
de Acción Republicana, que no tiene por qué disimular ni su laicismo ni su
radicalismo constructor ni el concepto moderno que tiene de la vida española,
en la cual de nada reniega, pero que está resuelta a contribuir a su renovación
desde la raíz hasta la fronda, y que además supone para todos los republicanos
de izquierda una base de inteligencia y colaboración, no para hoy, porque hoy
se acaba pronto, sino para mañana, para el mañana de la República, que todos
queremos que sea tranquilo, fecundo y florioso para los que la administren y
defiendan. (Grandes y prolongados aplausos.)
(El
Sol, 14 de octubre de 1931.)
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