Estos días se ha comenzado a hablar de un asunto que se conoce desde hace mucho tiempo: la educación en el odio a España que se imparte en escuelas de Cataluña. El asunto ha cobrado actualidad por el acoso que han sufrido varios menores -entre ellos, algún hijo de guardia civil- a manos del profesorado que debía enseñarles cosas y, llegado el caso, protegerlos. Los padres y las madres han reaccionado interponiendo las correspondientes denuncias.
Podemos leer, por ejemplo, el Auto del Juzgado de Instrucción nº 1 de la Seu d´Urgell que incoa diligencias contra varios profesores y el director de una determinada escuela: “En el caso de autos, podría ser que los profesores indicados y el director del centro educativo, incitaran de manera directa a sus alumnos (de edades muy tempranas y en consecuencia moldeables, máxime por quien ostenta un principio de autoridad frente a ellos) a la comisión de hechos mínimamente concretados de los que pueda predicarse la discriminación, el odio, hostilidad o la violencia contra los referidos grupos o asociaciones y por las razones que se especifican en el precepto. Hasta tal punto existen indicios de lo indicado, que según se relata en la denuncia un alumno de dicho centro habría sufrido humillaciones, insultos e incluso agresiones al ser su madre miembro de la Guardia Civil, y ser este hecho conocido por el resto de alumnos y profesores.”
Con todas las salvaguardas que exige la presunción de inocencia en un asunto así, no se trata de un caso excepcional. Al contrario, los contenidos de los libros de texto y los restantes materiales educativos de primaria, segundaria y bachillerato han transmitido durante años una imagen falsa de la historia de Cataluña y, más en general, de la historia y la sociedad españolas. El sistema educativo no se ha ocupado de instruir ni de enseñar, sino de perpetuar un odio cuyas consecuencias vemos ahora en el golpe de Estado que una minoría independentista está perpetrando. En lugar de enseñar contenidos, los profesores y los directores nacionalistas de Cataluña se han ocupado de alimentar sentimientos: el odio, el rencor y el desprecio hacia el resto de España. La tuitera Pepa Labrador ha recopilado una colección de más de mil trescientas -ha leído usted bien, más de mil trescientas- fotografías de centros educativos catalanes en los que los carteles, las pintadas, los avisos de los tablones y tantas otras formas de comunicación pública contenían consignas y mensajes nacionalistas.
Aquí tienen el enlace.
Por supuesto, esto ha sido posible hasta ahora por la dejación de funciones del Estado. Ni el Ministerio Fiscal, ni la Alta Inspección de Educación han sido capaces de impedir este adoctrinamiento a través del sistema educativo que ha ido en perjuicio, en primer lugar, de los propios alumnos. Esta utilización de los centros escolares para la propaganda tiene su complemento en la labor que los medios de comunicación nacionalistas y el resto de instituciones en manos de los independentistas han desarrollado. No es sorprendente que después salgan jóvenes que opten por el vandalismo y el terrorismo callejero. Cuando el pasado de organizaciones terroristas como el Front d´Alliberament y Terra Lliure se blanquea y se trata de demonizar, deslegitimar y estigmatizar a los no nacionalistas, acaban pasando estas cosas.
Por eso, hay que reconducir la deriva de Cataluña no sólo en el plano constitucional, sino en el educativo. Hay que aplicar la ley para que los colegios y los institutos controlados por los nacionalistas dejen de ser centros de difusión de propaganda y adoctrinamiento político.
Los nacionalismos se lamentan de lo peor del ser humano: el rencor, el resentimiento, el victimismo, el odio. Atrapan a la persona en una celada conceptual que convierte a los demás en los responsables de las pretendidas desgracias que a uno le acaecen. Por supuesto, estas desgracias son exageradas o directamente inventadas según la agenda política nacionalista. Así, cualquier atropello de la ley, cualquier acto de violencia contra España, pretende justificarse sobre esos supuestos agravios que uno aprendió desde la escuela.
Durante años, parecía de mal gusto hablar de estas cosas en el resto de España. La asunción de la competencia de Educación parecía ser una patente de corso para atacar a España y al orden constitucional en lugar de instruir a los alumnos en los conocimientos y valores necesarios para vivir en democracia. Por supuesto, no todos los profesores ni todos los directores han accedido a ser propagandistas del nacionalismo ni a convertir sus centros y sus clases en instrumentos del nacionalismo. También debe hablarse de ellos porque son la prueba viva de que se podía obrar de otra manera.
Después del intento de golpe de Estado que hemos vivido estos días, y que desde luego dista de estar resuelto, nada puede volver a ser como era. Debemos aprender a dónde nos conduce el adoctrinamiento en los centros educativos en manos nacionalistas. Debemos evitar que nada así se repita. Debemos exigir de quienes tienen el poder para aplicar la ley el máximo rigor y la mayor contundencia a la hora de atajar esta educación en el odio a España que, por desgracia, como estamos viendo, se sigue dando.