Aniversario de Karl Marx: judaísmo y cultura europea
Viernes 11 de mayo de 2018, 20:57h
Hace 200 años, el 5 de mayo de 1818, nacía en Tréveris, hoy Renania, entonces Prusia, Karl Heinrich Marx (fallecido en Londres, 14 de marzo de 1883), en una familia judía, aunque su padre, un abogado liberal y lector de Voltaire y de Kant, se hizo luterano cuando el arzobispado de Tréveris se integró en Prusia tras el fin de la ocupación napoleónica en 1814.
Toda esa Alemania del Rin fue una región fuertemente influenciada por la cultura latina y la religión católica. El judaísmo de Marx ha de entenderse en ese ambiente. Aunque fue bautizado y se casó con una baronesa prusiana, Jenny von Westphalen, dentro del rito luterano, el cristianismo de Marx no marcó, en mi opinión, lo que le marcaría su profunda cultura hebrea. En uno de sus primeros escritos publicados, sin embargo, Marx rechazó el judaísmo, al que consideraba una ideología (en el sentido marxiano: una visión distorsionada de la realidad), que los judíos superarían a la vez que todos los grupos y clases sociales, oprimidos por el capitalismo.
Sin embargo, Marx es un ejemplo de judío, según lo definen dos escritores judíos, padre e hija, Amos Oz (Principe de Asturias, 2007) y la historiadora Fania Oz-Salzberger, en su genial libro “Los judíos y las palabras”. En él, los dos autores señalan que los niños hebreos, desde hace miles de años, aprendieron a leer y a escribir su idioma en los libros sagrados, la Biblia y el Talmud. No sólo a leer y a escribir, sino que los niños (incluso las niñas, aunque menos: la madre de Marx, una judía holandesa, era casi analfabeta, aunque pertenecía a la acomodada familia Philipps, los futuros empresarios de electrodomésticos), repito, los niños discutían con el rabino, y sus aptitudes teológicas les podían llevar a tomarle el pelo al mismo Dios. Ese es el humor judío, que se encuentra en los hermanos Marx, en Woody Allen, y en el humor corrosivo de Karl Marx cuando ridiculiza los convencionalismos de sus adversarios.
La poderosa inteligencia de Carlos Marx, su impresionante capacidad de análisis social (Marx, junto con Émile Durkheim y Max Weber son los fundadores de la sociología moderna) y su chispeante estilo literario (Claude Levi-Strauss leía a Marx antes de ponerse a escribir sus libros), su mismo método dialéctico, son propios de un judío que es heredero de generaciones y generaciones de aprendices y discutidores de libros en los que se podía disputar la verdad contra los profetas y contra el mismo Yahvé. El joven Jesús de Nazaret es un judío típico cuando discute con los escribas en el Templo.
Aunque su padre, Heinrich Marx se hizo luterano para evitar las discriminaciones impuestas por la nueva administración luterano-prusiana, su abuelo, Merier Halevy Marx, fue rabino de Tréveris, y hay que tener en cuenta que la Ilustración en Alemania supuso un renacimiento del judaísmo religioso, y que Moses Mendelssohn (1729-1786), el abuelo del compositor Félix Mendelssohn, desarrolló una versión ilustrada de la fe judaica que se calificó como la más importante desde Moisés, y que debió influir en el rabino Marx.
Karl Marx fue un ateo confeso, pero su actitud crítica con el pensamiento recibido, con las convenciones establecidas, se inserta en una corriente intelectual netamente europea, cuyos ejemplos son, por ejemplo, Sigmund Freud y Albert Einstein, dos judíos esencialmente unidos a la cultura de Europa, y los tres se comprenden dentro de la peculiar inserción de la primera religión monoteísta dentro del continente cristiano.
A ese respecto, creo que es interesante comentar aquí la visión de Heidegger, tal vez el filósofo más influyente del pasado siglo, sobre los judíos, ahora que se han conocido sus “Cuadernos negros”, unas mil páginas que escribió entre 1931 y 1948 en la Alemania nazi, y donde el gran filósofo se nos muestra como el antisemita metafísico, es decir, un teorizador de las prácticas que condujeron al Holocausto. Donatella di Cesare ha escrito un libro sobre esos “Cuadernos Negros”, donde aparece, entre otras, esta espantosa frase de Heidegger: “La cuestión concerniente al papel del judaísmo mundial no es racial, sino la cuestión metafísica referida a esa clase de humanidad que, careciendo sencillamente de vínculos, puede hacer del desarraigo de todos los entes respecto del Ser la “tarea” que le es propia en la historia del mundo”.
Ernesto Baltar, profesor de filosofía en la URJC, ha hecho la recensión del libro de di Cesare, y a los prejuicios antisemitas, que sirvieron y sirven para no entender cabalmente la vida y obra de Marx. En un próximo artículo me ocuparé de la difusión de su obra en España.

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