El olvido
Miércoles 09 de mayo de 2018, 20:04h
Se sube el telón. Sangre, dolor, confusión. Se baja el telón. Miedo. Se sube el telón. Muertos, heridos, viudas, huérfanos. Se baja el telón. ETA.
Y así durante más de 50 años para no alcanzar ninguna gloria ni ningún perdón. Los muertos, porque no son remediados. Los allegados a ellos, porque siguen muertos en vida. Nada ni nadie vendrá a compensar la barbarie de tanto sufrimiento. Y en esas estamos como punto de partida en un borrón sin cuenta nueva, porque el sufrir de los afectados aún guarda sitio en el quicio de una puerta esperando la llegada de quienes ya nunca volverán.
Quizás la dispensa de odio por parte de algún benévolo experto en domar almas de buena voluntad podrá pasar página, pero queda el resto. Madres que han perdido a sus hijos. Hijos que perdieron a sus padres. Mujeres que han sobrevivido al olvido de las ayudas psicológicas y económicas. Son los casos de una falsa empatía cuyas instituciones han dado la espalda sin allanarles el camino de la torturada soledad. Nada ni nadie responde a la otra memoria histórica, la que nada tiene que ver con huesos de una guerra civil. Ésta es la memoria de los que siguen muertos en vida.
Lo más positivo es la reencarnación de una sociedad sin armas. El fin de la ETA terrorista es una noticia que debe servir para el sosiego de las convivencias. Falta nos hace. Se enmienda el uso de las armas y con ello ganamos todos, pero nuestra generosidad colectiva debe ser tratada con aprecio y ningún olvido hacia tantas víctimas cosechadas. En especial hacia los que lo viven en primera persona teniendo la desgracia de que el peor enemigo es el olvido de los demás.
Víctimas inocentes que han dejado sin continuidad el proceso natural de la historia. Muchos no han tenido ocasión de contarles a sus hijos ni a sus nietos la sinrazón de lo vivido. No para germinar odio, sino para enseñarles a vivir en la cultura del no olvido. Nada hay más triste que ignorar una historia, no para repetirla, pero sí para proteger memorias. Cincuenta años matando son muchos y cualquier persona de bien debe saber que amar es recordar.
Nada vale una vida. Ningún ideal, ninguna política. Nada vale el cercenar la libertad de cada cual si con ello hay revancha, odio, jerarquía y muerte. La vida, como único bien que se nos concede, nunca ha de ser arrebatada por cuestiones caprichosas. El hombre, al igual que no posee el poder absoluto para crear vida, tampoco tiene el derecho a destruirla. Por eso las emociones de las victimas están por encima de lo irracional. Militares, fuerzas de seguridad del Estado, miembros de la política y civiles han pagado un precio que guarda para sí el provecho de la nada, y sin embargo, una vez más, la historia les ha reservado a todos ellos el triunfo de la no violencia.
Cuan frágil es el amor cuando el olvido queda a merced del dolor ajeno. Si en algún momento hubiera que perdonar, primero habría que hacerlo a la propia vida arrebatada de aquella manera. Lo siguiente, aprender a perdonar al propio horror en beneficio de no olvidar a quienes más necesitan el no ser abandonados.
Para los afectados en primera persona no son tiempos fáciles, ni para el recuerdo ni para la reconstrucción de lo irreversible. Les dejo con Mario Benedetti: “El olvido no es victoria sobre el mal ni sobre nada/y si es la forma velada de burlarse de la historia/para eso está la memoria que se abre de par en par, en busca de algún lugar que devuelva lo perdido/No olvida el que finge olvido, sino el que puede olvidar”
In memoriam.

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