sábado, 5 de mayo de 2018

La primacía de la persona




La primacía de la persona

Abogo por redescubrir la persona y su dignidad, el valor inconmensurable de la vida y de cada ser humano, como el criterio ético fundamental, fuente de todos los derechos humanos y de cualquier orden social, capaz de regular todas las intervenciones técnicas.


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ETA exige una nueva cualificación relacional



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Sobre el autor
Roberto Esteban Duque
Soy un sacerdote incardinado desde 1991 en la diócesis de Cuenca, licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid. Autor de obras de tipo académico (La concupiscencia en el Magisterio de Juan Pablo II (1998), A la búsqueda de la felicidad. Estudio sobre el tema de la felicidad en los manuales de Teología Moral en España 1979-1993 (2007), Teología Moral Especial (2013), Moral socioeconómica y política (2017)) y otras publicaciones dirigidas a público no especializado (Ensayo sobre la muerte (2009), La verdad del amor (2011), La dificultad para creer (2013), La voz de la conciencia (2015) y La exigencia de la santidad (2016)). Nacido en Mira (Cuenca), en 1963, he sido profesor de Teología Moral Especial en el Seminario Mayor de Cuenca. En la actualidad, ejerzo mi ministerio como párroco en la localidad de Honrubia, en Cuenca, y soy profesor de Bioética, en el Grado de Psicología, en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid.







El secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Gil Tamayo, calificó de “buena noticia” la solicitud de perdón por parte de la banda terrorista ETA, añadiendo, asimismo, la necesidad de ir acompañado de un “camino de reparación”. Deben tener los obispos algún psicólogo entre sus filas con una metodología idéntica a la de la banda terrorista, porque en su miserable comunicado ETA reconoce la culpa, el daño causado (aunque no se autoinculpen), para después hablar de la responsabilidad adquirida por tanto dolor causado (la culpa y la responsabilidad suelen ir de consuno), y terminar manifestando su empatía hacia el sufrimiento ajeno; al cabo, como prueba la Hécuba, la persona de noble carácter (en este caso, los familiares de las víctimas) está más expuesta a la corrupción que la vil (el repugnante terrorista), ya que, a diferencia de éste, apuesta todo un mundo al comportamiento de los demás. Eso sí, a diferencia de los terroristas, los obispos “manifiestan su recuerdo y cercanía a las víctimas y a sus familiares”, no vaya a ser que la confusión se convierta en co-efusión, alegría mutua compartida.
El relato de los asesinos, lejos de la asunción de auténticas responsabilidades de colaboración con la Justicia, sólo tiene un significado veraz: escenificar un acto de disolución capaz de engañar a la comunidad internacional, solicitando una nueva cualificación relacional, como si fueran ellos quienes salen de la gran tribulación lavando sus ropas con la sangre de las víctimas. ETA sigue justificando sus crímenes por la imaginaria violencia ejercida por el Estado, equiparando a las víctimas del terrorismo con las supuestas del Estado. Esta narrativa opresora exige salir de estrategias elaboradas y fracasadas, de escenificaciones que provoquen un mayor malestar a los ciudadanos. La superación de la culpa requiere reparar en lo hecho, para reparar lo hecho. El problema es que, en tanto ya hecho, el intento de repararlo es en sí un problema insoluble.
Edipo, sin tener ninguna responsabilidad, durante su destierro en Colono hace un trabajo de aceptación de su terrible pasado; si bien reconoce que no es culpable de lo que hizo, acepta sufrir las consecuencias de sus errores de ignorancia (y por tanto involuntarios). Cumple con su palabra, se arranca los ojos y se condena al exilio. Sabe que es inocente en sus intenciones, pero se aplica la pena, ejerciendo así una actitud responsable.
Si tal fue la suerte de Edipo, como narra Sófocles, ¿qué debería hacer ETA, culpable de tantos asesinatos voluntarios, después de la trascendencia de sus acciones terroristas en la vida y en la muerte de tantos inocentes, sino reconocer el monstruo en el que sus monstruosidades lo convirtieron, inmolarse a su dios, buscando el paraíso de “liberación nacional” pretendido, en lugar de mostrar autocomplacencia y autojustificación de la “razón histórica” de la actividad terrorista en beneficio del separatismo de un pueblo oprimido y violentado por el Estado?
A pesar de todo, es necesaria la reparación: lo hecho no se borra, se repara. Cualquier otra alternativa nos llevaría a honrar a los asesinos y a condecorarlos, a bendecirlos, sin emprender acciones objetivamente reparadoras antes de esperar otros resultados.

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