miércoles, 2 de mayo de 2018

Los promotores del manifiesto «ETA quiere poner el contador a cero» piden el esclarecimiento de los crímenes sin resolver

Víctimas de ETA e intelectuales exigen el final sin impunidad de la banda

Los promotores del manifiesto «ETA quiere poner el contador a cero» piden el esclarecimiento de los crímenes sin resolver

Adrián Mateos
@admateos
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San SebastiánActualizado:
Un sentido aplauso ha puesto fin a la lectura del manifiesto «ETA quiere poner el contador a cero», mediante el cual intelectuales y damnificados por la banda han exigido a los terroristas que esclarezcan los 358 asesinatos que quedan sin resolver y condenen su cruenta historia. El documento, al cual se han adherido más de 40.000 personas en apenas tres días, constituye una respuesta al anuncio de disolución de la organización criminal, a la que acusan de querer blanquear su pasado para «quedar impune».
El texto ha sido presentado este miércoles en San Sebastián en un acto que ha contado con la presencia de sus principales impulsores. Entre ellos, el filósofo Fernando Savater, quien ha subrayado que el principal enemigo de la banda fue la propia democracia: «ETA no solamente no quería la paz, sino que fue el obstáculo para la paz y la libertad», ha manifestado el donostiarra, que ha añadido que, si alguien quiero arrepentirse, «tiene que ayudar al esclarecimiento de los casos pendientes».
Los impulsores del manifiesto han coincidido en que el único de fin de los criminales de cara al acto de Kanbo es el de manipular su historia de violencia, cuyo inicio remontan en su carta de disolución al bombardeo de Guernica. A juicio del filósofo Martín Alonso, la organización convirtió la localidad vizcaína en el «emblema de un conflicto» imaginario que utiliza como «impermeable» para eludir su responsabilidad: «El comunicado y todo el repertorio de trucos para conseguir titulares no serán más que acompañamiento musical para el autolavado que necesita el personal del nacionalismo radical para hacer como que no son lo que eran sino renunciar a lo que fueron», ha alegado.

«No es el fin que queríamos»

Especialmente crítica se ha mostrado la presidenta de Covite, Consuelo Ordóñez, quien ha lamentado la «impasibilidad» de las instituciones ante los movimientos de la banda: «Este no es el final de ETA que queríamos ni merecíamos la sociedad y las víctimas», ha sentenciado. En este sentido, ha denunciado que el Gobierno no cuestionó el desarme de los terroristas e hizo «oídos sordos a las mentiras» de la izquierda radical.
«El Gobierno nos ha arrebatado la foto de la derrota de ETA», ha sentenciado Ordóñez, quien ha recordado que en los herederos políticos de la banda «están sentados» en las instituciones. De hecho, ha denunciado el hecho de que representantes de la administraciones española y francesa vayan a acudir a la teatralización de su disolución, la cual tendrá lugar en Kanbo.
Finalmente, la eurodiputada por UpyD Maite Pagazaurtundúa ha alegado que la «hoja de ruta» de las víctimas «ha tenido, tiene tendrá», a diferencia de la de los terroristas y sus herederos políticos, el fin de alcanzar «la dignidad humana, la verdad y la justicia»: «Quieren trucar el contador de su responsabilidad –ha destacado–. De la mentira, violencia y el engaño de antes solo han abandonado la violencia».
Arropando a los portavoces del Manifiesto ETA quiere poner el contador a cero han estado más de una veintena de víctimas del terrorismo procedentes del País Vasco, Navarra y Madrid. Entre ellas, Cristina Cuesta –hija del delegado de Telefónica Enrique Cuesta-, Josu Puelles –hermano del inspector de Policía Eduardo Puelles-, Ana Iribar –viuda de Gregorio Ordóñez-, María Jesús González –madre de Irene Villa y superviviente de un atentado-, Iñigo Pascual –hijo del ingeniero de Lemóniz Ángel Pascual-, María Caballero –hija del concejal de UPN Tomás Caballero- o Paz Prieto –hija del jefe de la Policía Foral de Navarra José Luis Prieto-.

Un estudio cuestiona el origen europeo de los neandertales

Un estudio cuestiona el origen europeo de los neandertales

(Foto: Flickr)
Miércoles 02 de mayo de 2018, 18:42h
Un equipo de científicos españoles ha comparado las piezas dentales de homininos halladas en el yacimiento de la Cueva de Arago en Francia y el de la Sima de los Huesos en Atapuerca. Los resultados indican que los dientes tienen formas y tamaños muy diferentes, lo que sugiere que la hipótesis de una evolución lineal en un largo proceso de “neandertalización” no se sostiene en Europa. El origen de los neandertales pudo no estar en Europa.
El grupo de Antropología Dental del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), liderado por José Mª Bermúdez de Castro, ha publicado en la revista Quaternary Science Reviews un trabajo en el que se comparan por primera vez de forma sistemática muestras dentales procedentes de dos de los yacimientos más importantes del Pleistoceno medio en Europa: la Cueva de Arago, al sur de Francia, y la Sima de los Huesos (Atapuerca), al norte de España. Los resultados demuestran que la hipótesis de una evolución lineal en un largo proceso de “neandertalización” no se sostiene.
El trabajo comparativo métrico y morfológico pone de manifiesto que los dientes de ambos yacimientos tienen un tamaño y una forma muy diferentes. Algunos caracteres delatan que tuvieron un origen común, pero la mayor parte de los rasgos dentales sugieren dos genealogías europeas distintas. Los homininos de Arago presentan un aspecto arcaico, mientras que los de la Sima de los Huesos tienen notables similitudes con los neandertales.
La mayoría de los restos humanos del yacimiento francés tiene una cronología similar a la de la Sima de los Huesos: 430.000 años. A esto hay que sumar la proximidad geográfica, apenas 800 kilómetros separan ambas localizaciones. “Si la hipótesis que propone una evolución local, lineal y continuada en Europa es correcta, los fósiles de los dos yacimientos tendrían que ser muy similares”, afirma Bermúdez de Castro.

Origen asiático


Desde hace décadas, los expertos han sugerido que casi en los inicios del Pleistoceno medio, un período con una duración de 660.000 años, el continente europeo fue colonizado por una nueva población humana que trajo consigo la tecnología achelense y tal vez el dominio de fuego. Durante todo ese largo período de tiempo, se produjo un proceso evolutivo que culminó con la aparición de los neandertales. Pero los últimos hallazgos en distintos puntos de Europa han cuestionado ese modelo lineal.
Como comenta Bermúdez de Castro quizá no todo fue tan sencillo. “Hace un par de años, ya propusimos que las puertas de Europa pudieron abrirse varias veces, dejando paso a grupos humanos que procedían del suroeste de Asia y tenían un origen común. Nuestros resultados no hacen sino confirmar que tenemos por delante un nuevo reto: replantear toda la evolución humana del viejo continente. Quizá el origen de los neandertales no está en Europa”.

TRIBUNA La última oportunidad

TRIBUNA

La última oportunidad

Si se le reconoce al pueblo catalán el derecho de irse, la probabilidad de que Cataluña se quede crecerá notablemente

En un artículo publicado en estas mismas páginas a finales del 2009, titulado La penúltima oportunidad, escribía Josep Ramoneda: "Algunos juristas y algunos medios de comunicación tienden a confundir la legalidad con la realidad, como si lo que la ley no autoriza no existiera, por lo menos hasta que la ley cambie. La ley regula la realidad, pero no la sustituye. Por mucho que diga la Constitución, no hay ley que pueda negar que una amplia mayoría del Parlamento catalán considere que Cataluña es una nación". Y concluía con un vaticinio obvio, que se ha cumplido milimétricamente: "Si el pacto político del Estatut se frustra y no se encauza por otras vías, el independentismo se consolidará en Cataluña y el riesgo de polarización será alto".
Una parte importante de la sociedad y la política españolas no entendieron —o no quisieron ver— que con la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut el pacto constitucional de 1978 quedaba casi roto en Cataluña, falto de la mínima autoridad que toda Constitución necesita para ser efectiva, por más que esté en vigor. El recurso del PP y la sentencia abrieron un peligroso conflicto de legitimidades: enfrentaban la voluntad democrática del pueblo catalán, expresada en el referéndum de aprobación de un Estatut previamente votado en Cortes, con el ordenamiento constitucional. La misma Constitución que en su momento recibió un apoyo mayoritario de los catalanes, ahora, para muchos de ellos, quedaba secuestrada por una lectura extremadamente restrictiva, muy alejada del espíritu de la Transición, hecha por un tribunal partidista que actuaba más bien como tercera cámara. Y, por tanto, dejaba de valer.
De todo nuestro edificio constitucional, la posibilidad de que el Constitucional modifique un Estatuto aprobado previamente en referéndum es, probablemente, la pieza peor diseñada. Y fue en base a este fallo garrafal del diseño constitucional que se cuestionó la voluntad democrática de una sociedad como la catalana que —aunque no sea reconocida legalmente como un sujeto de soberanía separada— se considera a sí misma nación de un modo muy mayoritario. Dicho metafóricamente, el buque constitucional se empotraba contra el demos catalán por el punto más débil del casco: no es extraño que, de este choque, la damnificada fuese la Constitución, tanto o más que las aspiraciones catalanas expresadas en el Estatut.
La posibilidad de que el Constitucional modifique un Estatuto aprobado previamente en referéndum es, probablemente, la pieza peor diseñada
Antes de la sentencia, una gran parte de los catalanes podía aceptar que Cataluña forma parte de España porque así lo establece la Constitución. A partir de entonces, esta razón dejaba de ser suficiente. De ahí a la necesidad de un referéndum hay solo un paso. Después de la sentencia, una amplia mayoría de sus ciudadanos considera que Cataluña sólo tiene que seguir en España si así lo deciden ellos mismos libremente.
Hoy el independentismo es una marea que crece en Cataluña de modo indiscutible, tanto o más abundante entre las clases medias y trabajadoras y entre los intelectuales de izquierdas que entre las clases acomodadas y el pensamiento conservador. A mi entender, a España sólo le queda una oportunidad para evitar la separación: poner sobre la mesa una nueva Constitución, que sustituya el hoy maltrecho pacto de 1978 y que dibuje un modelo territorial inequívocamente federal, que asuma plenamente la plurinacionalidad del Estado y, por tanto, la asimetría.
Una Constitución cuyas líneas maestras, en lo que se refiere a Cataluña, serían: su reconocimiento como nación; un déficit fiscal razonable, de no más del 4 o 5 % del PIB; una distribución de competencias clara, basada en el principio de subsidiariedad y en la cláusula dispositiva; el establecimiento de unos principios que rijan y justifiquen la asimetría competencial entre las distintas comunidades federadas; un Senado verdaderamente federal, pero compatible con un alto grado de bilateralidad en las relaciones entre Cataluña y el gobierno central; el reconocimiento del catalán como lengua oficial del Estado y, por tanto, su uso normalizado en las principales instituciones del mismo; una inversión en infraestructuras territorialmente equilibrada; un poder judicial estructurado federalmente; y algún elemento simbólico, como sería distribuir las instituciones del Estado entre las distintas capitales del país —de modo que Barcelona fuera sede, como mínimo, del Senado—.
A España sólo le queda una oportunidad para evitar la separación: poner sobre la mesa una nueva Constitución, que sustituya el hoy maltrecho pacto de 1978
Pero, sobre todo, este nuevo pacto constitucional debería reconocer y blindar jurídicamente eso que algunos llaman derecho de autodeterminación y otros derecho a decidir: la posibilidad de elegir la libre adhesión a esta España federal o separarse de ella para constituir un nuevo Estado. Hay quien considerará que el reconocimiento de este derecho va mucho más allá del federalismo, en tanto que rompe la unidad de la soberanía; se dirá que es un elemento más propio de un modelo confederal y que ambas cosas —federalismo y confederalismo— son incompatibles. Se podría replicar que hay una cierta concepción del federalismo que entiende la federación como "unión en libertad".
Pero, más allá de las cuestiones terminológicas, la regulación constitucional de este derecho, en el caso de España, es una pieza imprescindible para asegurar que el modelo federal funcione correctamente. Porque en un país que ha demostrado sobradamente una notable falta de cultura federal, el derecho de las partes a abandonar el conjunto sería la única garantía de que el pacto federal es respetado. Intuyo que este es el único motivo por el cual una mayoría de catalanes, a estas alturas, podrían acabar apostando por una nueva Constitución. Dicho paradójicamente: el reconocimiento de la posibilidad de irse sería el mejor incentivo para quedarse, porque sólo un “federalismo con garantías” podría recabar apoyo suficiente en Cataluña. Y la única garantía fiable es, en las actuales circunstancias, el derecho a decidir.
Este nuevo pacto constitucional debería reconocer y blindar jurídicamente eso que algunos llaman derecho de autodeterminación
Para un porcentaje no desdeñable de los catalanes el pacto federal es todavía su primera opción, en lo que a las relaciones con España se refiere. Pero, entre éstos, no todos asumen el status quo constitucional como segunda opción en su lista de preferencias. Muchos de quienes todavía apuestan por el federalismo, si el dilema se plantease en términos de status quo o independencia, elegirían esta última. Por ello, si una nueva Constitución federal se revelase imposible, no es en absoluto descartable que un eventual referéndum de autodeterminación se resolviese con una mayoría independentista bastante cualificada. Y, si un día la independencia cuenta con un apoyo muy mayoritario en Cataluña, tendrá muchas posibilidades de prosperar, más allá del estatus legal del referéndum por medio del cual se haya expresado esta amplia mayoría.
De ahí que España, en este momento trascendental de su historia, posiblemente se esté enfrentando a una incómoda paradoja, de la que quizás no sea plenamente consciente: si le reconoce al pueblo catalán el derecho de irse —esto es, si constitucionaliza el referéndum que le permite bien la libre adhesión, bien la secesión— la probabilidad de que Cataluña se quede crecerá notablemente; pero si le niega este derecho, lo que aumentará considerablemente es la probabilidad de que Cataluña se vaya. ¿Sabrá España comprender una paradoja tal y darle una respuesta inteligente, a la altura de los tiempos?
Antoni Comin i Oliveres es profesor de ESADE (Universitat Ramon Llull) y exdiputado del Parlament de Catalunya por el grupo PSC-CpC.

Enlaces sobre la cuestión catalana



El pacto fiscal como excusa, por Gabriel Elorriaga
Tenemos un problema, por Joan Maria Thomas
Escolta, Catalunya, por Juan Luis Cebrián
¿Un rey político?, por Miguel Martorell
Las cuentas de la lechera por Ángel de la Fuente y Sevi Rodríguez Mora
La independencia no existe, por Xavier Vidal-Folch
Gigantomaquia nacional, por José María Ridao
Cataluña: claridad y diálogo, por Manuel Chaves
En defensa del federalismo, por Javier Tajadura
El peso (leve) de ser español, por Ignacio Vidal-Folch
La hora de la verdad, por Joaquín Leguina
El sueño ilustrado y el Estado-nación, por José Álvarez Junco
El cansancio de un federalista, por Josep M. Vallés
Más allá del ruido y la furia, por Joan B. Culla i Clarà
Cataluña y España, por Andrés de Blas Guerrero
No habrá más 'Cu-cuts',  por Jorge Martínez Reverte
Un referéndum para Cataluña, por Francisco Rubio Llorente
Un pacto frente a lo desconocido, por Jesús Fernández-Villaverde y Luis Garicano
'Al vent del món', por Juan Cruz
El porqué de Cataluña, por Joan Ridao
Las razones del federalismo, por Ramón Máiz
El ejército de Cataluña, por Jesús Cuadrado
Después de la caída, por Félix de Azúa
Una pregunta clara, explícita y aceptable, por José Antonio Millán
El derecho a decidir como idea borrosa, por José María Ruiz Soroa
¿'Quo vadis', Artur Mas?, por Ana Mar Fernández Pasarín
Por un pacto de Estado, por Santiago Muñoz Machado y José Luis García Delgado
La autodeterminación y los derechos, por Juan José Solozábal
Avería grave, por Javier Pérez Royo
Los puentes rotos, por Antoni Castells
Fútbol e independencia, por Carles Feixa
Afrontar el futuro con recetas del pasado, por José Álvarez-Junco y Josep Maria Fradera
No ha sido posible un Estado plurinacional, por Josep Maria Puigjaner
¿Qué cambiar, qué mantener?, por José Ignacio Torreblanca
El peaje es el referéndum, por Alfonso Echazarra
Balanzas fiscales y financiación autonómica, por Ana Herrero, Javier Loscos, Jesús Ruiz-Huerta, Miguel Ángel García, José Manuel Tránchez y Carmen Vizán
El reconocimiento de Cataluña, por Martín Ortega Carcelén
¿Cuándo se jodió España?, por Francisco de Sert
La última oportunidad, por Antoni Comín i Oliveres
España en la encrucijada, por Alain Minc
Acuse de recibo de un manifiesto, por Josep M. Vallès
Nostalgia constitucional, por Joan Botella
La meditación del rey destronado, por Lluís Bassets
¿Por qué cambiar algo que funciona?, por Fernando Rey Martínez
Problemas con la curva, por Iván de la Nuez
No es el federalismo, es la cuestión nacional, por Jorge del Palacio Martín
Ataques al sistema desde dentro del sistema, por Juan Carlos Rodríguez Ibarra
Contra el fatalismo, por Valentí Puig
LA CUARTA PÁGINA

El porqué de Cataluña

Al independentismo emocional se le une otro de corte posibilista. Es un movimiento transversal, interclasista e intergeneracional. Y ese es el principal antídoto contra cualquier atisbo de fractura social

EVA VÁZQUEZ
Ha llovido mucho desde que en 1978 los partidos catalanes mayoritarios dieron su apoyo a una Constitución aparentemente abierta y dinámica, hábil para encajar las aspiraciones de autogobierno. No obstante, el tortuoso desarrollo del Estatuto de 1979 demostró la rigidez de costuras y la ausencia de empatía de los sucesivos gobiernos, especialmente cuando gozaban de asfixiantes mayorías absolutas. Tras la sentencia del TC sobre el Estatuto de 2006 y las persistentes dificultades para encontrar un mejor acomodo financiero, el catalanismo político, que había perseverado secularmente en su divisa de “reformar” España con las reglas del juego del Estado, hoy se siente fatigada.
No en vano el intento de reformar el Estatuto constituyó para muchos el enésimo esfuerzo de lograr el reconocimiento debido a la personalidad nacional de Cataluña, blindar las competencias de la Generalitat y obtener un sistema de financiación más justo y equitativo. Pero, paradójicamente, aunque el texto fue acordado e incluso laminado por el Parlamento de Cataluña y las Cortes Generales, además de refrendado en las urnas, el alto tribunal, groseramente politizado y con evidentes vicios de legitimidad, desactivó buena parte de su contenido, actuando displicentemente y con total falta de deferencia hacia el legislador estatutario, erigiéndose nada menos que en un nuevo poder constituyente, hasta generar un sentimiento colectivo a caballo entre la frustración y la rabia contenida.
De rebote, los clásicos planteamientos federales, de larga tradición en Cataluña, quedaron en entredicho al evidenciarse no solo la ausencia de genuinas vocaciones federalistas en España, sino también por lo absurdo de todo planteamiento consistente en admitir que Cataluña debe disponer de instrumentos de soberanía para federarse de igual a igual. Por ello, no debe extrañar que en el mainstream independentista se hallen hoy muchos conspicuos federalistas, a quienes se les ha caído la venda de los ojos al apercibirse de que nunca habían jugado en casa, sino más bien en campo contrario. La percepción más extendida, pues, entre la sociedad catalana es que el Madrid político rechazaba nuevamente la mano tendida, algo que el 10 de julio de 2010 ya se expresó con un millón de personas saliendo a la calle.
La sociedad catalana ha tomado la delantera y son Mas y los partidos los que hacen seguidismo
Dos años más tarde fueron muchos más los que se apoderaron de las calles de Barcelona. Esta vez para reclamar que Cataluña se convierta en un nuevo Estado de Europa. Ya no como expresión de una decepción ni como reacción ante nada, sino como exhibición sin complejos de quien está convencido de que puede tener futuro sin vivir permanentemente instalado en la denuncia del agravio. El portazo sonoro y abrupto de Mariano Rajoy a la propuesta de pacto fiscal, que incorporaba un planteamiento contrario al actual esquema de centrifugación del gasto y centralización de ingresos autonómicos, asestó el golpe final al pacto constitucional. Pero cuando una puerta se cierra, otra se abre. El Parlamento catalán acordó en un golpe de audacia que en la próxima legislatura el pueblo catalán decidiese en las urnas su futuro, después de unas elecciones anticipadas de corte plebiscitario. La incertidumbre de este paso histórico no debe enmascarar que se vislumbra un cambio histórico.
Claro está que la actual crisis económica ha exacerbado los ánimos. Pero sobre todo porque ha mostrado con toda crudeza los efectos negativos del déficit fiscal, algo que no es privativo de Cataluña, pero cuya magnitud ha generado en el Principado un cronificado debate que estos días se ha intensificado debido a la deuda acuciante de la Generalitat y a las taquillas cerradas por los mercados, algo que en buena medida explican los recortes del Estado de bienestar e impiden una rápida reactivación económica. La crisis ha actuado como catalizador de un vigoroso e insólito sentimiento soberanista que toma conciencia de la necesidad de disponer de herramientas financieras, fiscales, económicas y de decisión política para gestionar el futuro. La humillación de implorar un rescate y la intervención de facto de la tesorería de la Generalitat son un oxímoron: Cataluña aparece empobrecida y sin recursos, a pesar de su potencial económico e indudable solidaridad con el resto.
Así las cosas, al independentismo emocional, fundado en cuestiones de identidad, lengua o cultura, se le une un independentismo de corte posibilista, de adscripción identitaria difusa, en base a un cálculo de oportunidad, de coste-beneficio. Este es un fenómeno nuevo, aunque ya observado hace años en Quebec. Por ello, la determinación de Artur Mas y del catalanismo no deja de ir al compás de la creciente centralidad social de este pensamiento, que, como se vio en la manifestación del 11-S, se halla copado por una clase media muy castigada por la crisis y que enarbola el estandarte. Además, las nuevas generaciones no se alimentan ya de las “glorias catalanas” ni están atrapadas en la atávica dialéctica Cataluña-España. Los hijos de la vieja inmigración, muchos castellanohablantes, tienen hoy 50 años y no solo se sienten plenamente catalanes, sino que desean lo mejor para ellos y sus hijos, y creen que un Estado que posterga el eje mediterráneo, ejecuta el 35% de lo que dice invertir o tolera un déficit fiscal del 8% del PIB es un lastre para su progreso.
Y lo que antes podía parecer un movimiento reactivo o testimonial ahora se ha convertido en un movimiento transversal, interclasista e intergeneracional. Y ese es, precisamente, el principal antídoto contra cualquier atisbo de fractura social. Hoy el objetivo del Estado no es visto como un capricho de unas élites políticas autóctonas. Es algo ampliamente compartido, nada excluyente. Incorpora a aquellos que en Cataluña viven en una esfera social o mediática más impermeable a la tradición del catalanismo, con independencia de la lengua que hablen o de sus vínculos familiares o emocionales con España.
La respuesta es un referéndum siguiendo un proceso reglado y nunca unilateral
Este cambio en el paisaje lleva aparejado, además, un cambio en la psicología colectiva: del fatalismo subsiguiente a toda derrota del catalanismo, se ha pasado a una voluntad de desafío democrático. El paradigma del victimismo pujolista, la combinación de tensión identitaria y “pájaro en mano” se ha transmutado en una firmeza que ha dejado aturdidos a quienes estaban tan acostumbrados a descabalgar las intenciones catalanas con un arancel o con una enmienda. El cambio de chip es tal que difícilmente se aceptaría ahora un nuevo intento de salvar los muebles como el de Mas y Zapatero en pleno calvario estatutario. La sociedad catalana ha tomado la delantera y son Mas y los partidos los que hacen seguidismo, aunque amplifiquen sus consignas.
A partir de ahí, la cuestión es ¿cómo hacer posible en pleno siglo XXI que esa opción sea aceptada por España y especialmente por la UE? El punto de partida es, sin duda, un marco constitucional escayolado, que no solo no permite la independencia, sino siquiera la convocatoria de un referéndum a la quebequesa, como defendía en estas mismas páginas el admirado Rubio Llorente. De hecho, la sentencia del TC llegó a negar la condición de sujeto con entidad política a Cataluña. ¿Qué hacer, pues, en un marco que parece expulsar el pluralismo nacional y la democracia? La respuesta, desde el análisis comparado de los procesos de Quebec y Escocia, teniendo en cuenta además los cambios operados en el derecho internacional, es la convocatoria de un referéndum siguiendo un proceso reglado y nunca unilateral, con todas las garantías democráticas.
Como ha puesto de relieve la Corte Suprema de Canadá en 1998, y después el Tribunal de La Haya, lo legítimo, lo prevalente, es hoy la voluntad democrática de la mayoría y no el orden constitucional interno de los Estados. El mejor aliado, pues, de catalanes y escoceses son los precedentes juridificados y el propio escenario europeo que asistió al divorcio de terciopelo entre Chequia y Eslovaquia o ha visto alumbrar decenas de nuevos Estados en el este de Europa y en los Balcanes las dos últimas décadas. Ciertamente, puede discutirse el coste para las partes. Pero la voluntad democrática que expresen las urnas resulta imbatible.
Joan Ridao es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona y ESADE y fue secretario general de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) de 2008 a 2011.

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LA BAZA DE ELSA ARTADI

LA BAZA DE ELSA ARTADI

Ni sus colaboradores más cercanos saben si lo que proyecta de verdad el expresidente felón son elecciones. Puigdemont cree que una nueva convocatoria electoral le mantendría en candelero varios meses más mientras que, si se forma Gobierno, en cuestión de semanas quedaría eclipsado.
Lo que pasa es que Oriol Junqueras, que no vive a cuerpo de rey en Berlín sino que padece entre barrotes, exige la inmediata formación de un Gobierno viable que normalice de alguna forma la situación. El expresidente trilero Puigdemont no sabe qué nuevas trampas hacer y es posible que se decida por ceder, proponiendo a Elsa Artadi, a la que siempre ha considerado como su lacayo predilecto. No tiene un solo motivo para no fiarse de ella pero la Historia enseña que los sucesores designados, en cuanto pueden se desembarazan del dedo protector.
El calendario se come los tiempos con que ha venido jugando Carlos Puigdemont. Deberá decidir en días y, aunque se agote un último intento de designarle a él telemáticamente en contra del Tribunal Constitucional, no es desdeñable que dé paso a Elsa Artadi. La opinión pública catalana, y también la del resto de España, asiste atónita a los juegos tramposos y a las piruetas circenses del expresidente prófugo. El daño a Cataluña y al conjunto de España es considerable en el ámbito económico, pero sobre todo fragiliza la imagen de nuestra nación, que era la de una democracia sin fisuras, y que se ha fracturado por la acción de este político mequetrefe, caracterizado por la ambición y la mediocridad. Pasará tiempo antes de que se pueda cifrar el perjuicio ocasionado a España por Carlos Puigdemont, al que el Gobierno Rajoy no supo controlar, anclado en esa política voluntarista absurda de que pasaría lo que conviene a Moncloa que pase.